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domingo, 4 de diciembre de 2011

Tú publicas- Melancolía (Eduardo Nabal)





MELANCOLIA

Director y guión: Lars von Trier

            “Melancolía” viene empañada por las ganas de “provocar” de su ególatra realizador. No obstante, al ver este filme se podría decir que es precisamente la grandilocuencia lo que echa a perder las innegables virtudes de su trabajo: el esfuerzo de las dos actrices protagonistas (maravillosas en sus papeles a la vez complementarios y antagónicos), la cuidada iluminación tenebrista, la mezcla de realismo y poesía… lastrado  todo ello por un director que a veces parece un discípulo enfadado de Bergman y otras un adolescente revoltoso jugando a ser Stanley Kubrick con sus propios dogmas . “Melancolía” tiene un esqueleto argumental demasiado endeble como para no provocar cierta irritación en el espectador poco amante del cine “intelectual” y del exceso de metáforas, obviedades, disquisiciones filosóficas de segunda  y diálogos altisonantes.

            En los festivales se ha reconocido el trabajo de la joven  Kirsten Durst encarnando a la depresiva Justine aunque Charlotte Gainsbourg como Claire (su aparentemente más realista y serena hermana) tampoco le va a la zaga en un personaje mucho más contenido que aquel que interpretaba en la desmesurada “Anticristo”

            Estamos ante una apuesta que, como en muchos otros filmes de su realizador, irrita y fascina a partes iguales, sorprende  por su desparpajo pero nos aproxima a la vergüenza ajena cuando se acerca a los grandes discursos, el barroquismo gratuito  y  las pretensiones de genialidad.

            Von Trier en “Melancolía”  coquetea con el drama psicológico, familiar  y el cine fantástico, pero la intención desesperada de hablar en voz alta incluyendo música clásica, imágenes de postal  y gritando más alto que nadie desmerece  de la calidad de sus trabajos y ensombrece la potencia de su aproximación a mentes atormentadas y a  situaciones que se escapan de las manos de quienes las viven. Un  filme, en resumen , de un realizador que aquí juega a, y  pretende ser,  un Visconti nórdico, pero  solo  a ratos convence de que esta transmitiendo sentimientos crispados.






[FRAGMENTO]
EN MEMORIA DE SIGMUND FREUD
Cuando hay tantos a los que lloraremos
y el dolor es tan público, y se ha expuesto
a críticas de todo un tiempo
lo frágil de la angustia y la conciencia,

¿de quiénes hablaremos? Se nos mueren
a diario los que hacían el bien,
conscientes de que nunca era
bastante, intentando mejorar.

Así fue este doctor: a los 80
pensaba en nuestra vida aún: caótica,
que siempre un vago futuro
somete con halagos o amenazas.

Pero no pudo ser; cerró los ojos
ante una imagen última y común:
los problemas como familia
confusa, celosa de nuestra muerte.

Pues tuvo alrededor hasta el final
a quienes estudió, fauna nocturna,
sombras que aguardaban la órbita
brillante de su reconocimiento

y que tuvieron que irse defraudados
mientras que él, desde su vocación,
era devuelto al polvo en Londres,
gran judío muerto en el exilio.

Sólo se alegró el Odio, que veía
crecer así su sórdida clientela,
que cree curarse asesinando,
cubriendo de cenizas los jardines.
[...]

Pero él quería más para nosotros.
A menudo, ser libre es estar solo.
Uniría los trozos rotos
por nuestra noble idea de justicia;

devolvería al grande el albedrío
con el que el más pequeño sólo puede
enzarzarse; devolvería
al hijo el rico espíritu materno,

Y nos recordaría sobre todo
el entusiasmo hacia la noche: aparte
del sentimiento de prodigio
que sólo ella ofrece, porque ella

precisa nuestro amor. Sus criaturas,
con grandes ojos tristes nos reclaman
que les pidamos que nos sigan:
exiliados que anhelan un futuro

que está en nuestro poder. Se alegrarían
también de iluminarnos como él;
de aguantar que gritemos "Judas"
como él y todos los que iluminan.

Una voz racional calla. En su tumba
llora de amor la corte del Impulso:
triste está Eros, constructor de ciudades;
y llorando, la anárquica Afrodita.


                                                Un texto de Eduardo Nabal.
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Tú Publicas- Un testimonio necesario (Eduardo Nabal)







UN TESTIMONIO NECESARIO

SUJETOS DE UN CONTRA-DISCURSO
Una historia intelectual de la producción gay, lesbiana y queer en España.
De Laurentino Vélez-Peligrini
Ediciones Bellaterra SGU, 2011

Por Eduardo Nabal

Es difícil hablar con objetividad de una personalidad tan controvertida como Laurentino Vélez-Pelligrini. No obstante, su ensayo Sujetos de un contra-discurso (Una historia intelectual de la producción teórica gay, lesbiana y queer de España) destaca por su claridad, objetividad y rigor.

            El libro comienza hablando de los efectos sociales y la producción teórica en torno al VIH -uno de los campos de batalla principales de su autor- destacando los trabajos pioneros de Ricardo Llamas en el contexto del Estado Español. Vélez-Pelligrini nos habla del legado filosófico de Paco Vidarte así como de teóricas y ensayistas actuales como Olga Viñuales, Juan Vicente Aliaga,  Javier Sáez, Oscar Guash, Gracia Trujillo  o Alberto Mira, aquellos que han puesto su grano de arena en lengua castellana a un discurso, el de la teoría queer, que había  sido gestado, sobre todo, en lengua extranjera. Pelligrini recoge, con la avidez de un investigador incansable, las rutas que por estos lares han tomado los discursos contra la homofobia y en torno a temas tan dispares como el psicoanálisis, el feminismo lesbiano y el postfeminismo; el cine y el contra-cine, las manifestaciones de arte en torno al VIH  o las políticas del cuerpo, surgidas especialmente a partir de la década de los noventa, con grupos como La Radical Gai o LSD, de Burgos a París,  así como temas candentes como la transexualidad y la intersexualidad y los estudios de género en un mundo académico todavía reacio a recoger su importancia.

            Vélez-Pelligrini apenas habla de sí mismo, diluyéndose  en su trabajo, pero su estilo de sociólogo, colaborador en numerosas publicaciones de carácter ecléctico  y politólogo, impregnan un libro saturado de información nueva donde rebaja algo su alma de polemista incansable a favor de un testimonio fidedigno e inquieto sobre las y los que han creado un discurso algo “a la contra” de las corrientes oficiales y oficialistas del movimiento gay-les-trans. Un movimiento y un panorama integrador  que, en su opinión, se limitan a exigir derechos socioeconómicos, tolerancia  y algunas  parcelas de libertad bajo la tutela de esos poderes fácticos de los que el autor tanto desconfía A pesar de su escepticismo visceral hacia lo “queer” y sus madres teóricas, Vélez-Pelligrini pone su pluma a favor de este tipo de producción intelectual y política, escrita muchas veces desde los márgenes de lo bien visto dentro y fuera de los círculos académicos más convencionales.

Un ensayo, “Sujetos de un contradiscurso…”, que toca muchos temas, pero que surge de la necesidad de dar la palabra a los que han ido construyendo culturas de la diferencia en el seno de un movimiento desarticulado y contradictorio, con personajes no siempre bien avenidos, a los que, no obstante,  él trata de aproximar con una mirada lúcida e incisiva, que en este libro muestra el lado más sereno  de Vélez-Pelligrini  y su incansable búsqueda de la sinceridad.

Controvertida personalidad intelectual, contradictorio y demoledor en ocasiones, Peligrini nos ofrece, no obstante, uno de los ejemplos más notables de producción teórica en castellano de tiempos recientes al tiempo que se erige como inagotable y, en ocasiones, despiadado  cronista de estos mismos discursos intelectuales, divididos entre la teoría, la práctica, el habla y el silencio.


                                               Un texto de Eduardo Nabal.
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miércoles, 30 de noviembre de 2011

Tú publicas- Un método peligroso (Eduardo Nabal)



Director: David Cronenberg

Guión: David Cronenberg (Novela: Christopher Hampton)




 
     En su último  y, en gran medida decepcionante, filme David Cronenberg ahuyenta gran parte de su universo visual a favor de una novela romántica sobre el amor entre Carl Jung y Sabina Spielrein, en lo que pasa de ser una relación médico-paciente a  convertirse  en una pasión ardorosa no sin transitar por algunos personajes célebres del psicoanálisis de la época como el doctor Freud (correcto Viggo Mortensen)- retratado de una forma un tanto oblicua-  o los círculos intelectuales donde se debatían las revolucionarias teorías que el psicoanálisis había destapado sobre la sexualidad como motor de la vida psíquica y las constricciones sociales.

     Sin embargo, al contrario que en sus otros filmes más “psicológicos” o incluso “psiquiátricos” como “Spider” o “Inseparables”, hay poco de la atmosfera malsana, del suspense interno, de las mutaciones corporales y de “la nueva carne”  muy  queridos por el autor canadiense que nos obsequia  esta vez con una historia tan exquisitamente rodada como carente de autentica pasión. La emoción aflora a ratos, pero, si bien Fassbender borda su personaje, Keira Knightley, vuelve a caer en el histrionismo y la monotonía  y su personaje no alcanza la entidad suficiente como para competir con dos actores de fuste. Poca originalidad ofrece, pues,  “Un método peligroso”, más cerca de un biopic al uso –con alguna propuesta verbal atrevida- que de uno de esos monstruos de creatividad visual apabullante del director de la viscosa “ExinteZ”. Cerebral y discursivo  hasta  la extenuación, el filme se acerca solo verbalmente al universo de su director al hablar de la conexión entre el sexo y la muerte como ya hizo en “Crash” o “M. Butterfly” pero la producción  se decanta más por la convección sin perturbar nunca al espectador más de lo necesario. Podríamos rescatar de este, en parte, fallido y algo manierista “Un método peligroso” la ambigüedad moral de sus tres protagonistas y la historia de amor acompañada de los acordes de Howard Shore y Richard Wagner ya que la puesta en escena es demasiado límpida para una historia tan llena de sombras. Parece como si Cronenberg se hubiera rendido ante el sabroso guión del dramaturgo  Christopher Hampton aparcando su propio cosmos de dioses y monstruos. Y, al plegarse a  algunas de las formas del cine británico de qualité, a pesar del inflamable material que maneja y de su atención desmedida a la duración de los planos y la expresión de los rostros,  su historia pierde fuste y el resultado final se acerca a una claudicación por parte del otrora temido director.

                                               Un texto de Eduardo Nabal.
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domingo, 20 de noviembre de 2011

Tú publicas- Un dios salvaje (Eduardo Nabal)





Director: Roman Polanski

Guión: Roman Polanski, Yasmina Reza (basado en la obra de esta última)


     En solo 79 minutos Roman Polanski realiza una de sus mejores y más sorprendentes películas adaptando con fidelidad -al texto pero también a su  propio estilo y sus obsesiones habituales- la obra de teatro  de Yasmina Reza “Carnage”. “Un dios salvaje” como la fallida “Cul de sac” o la incomprendida “El quimérico inquilino” es una comedia, lo que de entrada sorprende algo a los admiradores del director de “La semilla del diablo”, aunque el humor, negro y caústico, la falta de fe en ser humano y la obsesión por los espacios cerrados hayan  estado presentes a lo largo de su irregular pero dilatada y fecunda  obra. Pero, si Polanski en películas como “La muerte y la doncella” encerraba a sus personajes para hacernos sufrir, en “Un dios salvaje” se decanta por una comedia ácida pero relativamente amable a pesar de las miserias personales que van revelando los cuatro protagonistas (Jodie Foster, John C. Reilly, Christopher Waltz y Kate Wislet) dos matrimonios que se reúnen en casa de uno de los dos  bandos para solucionar pacíficamente la “agresión” del hijo de unos al  hijo de los otros en un parque, a la salida de la escuela. Y, como escolares enfurruñados o encerrados en su mundo, se nos muestran  esos dos matrimonios que progresivamente revelan sus flaquezas y  sus obsesiones.

     Podemos decir que no hay demasiadas sorpresas en “Un dios salvaje” ya que cada uno de los cuatro protagonistas se comporta como el público espera de ellos, pero si una sabia dosificación de los momentos de humor y crueldad, de reflexión y rabia, de ironía y desastres íntimos. La cámara de Polanski se mueve con soltura e inteligencia  en este pequeño piso que da al puente de Brooklyn pero cuyo mensaje (la crítica a lo “políticamente correcto”, las crisis de pareja, la mentira y la violencia soterrada en las relaciones humanas) queda bastante claro al espectador. Y tal vez sea el único fallo de un filme exquisitamente rodado e interpretado con entusiasmo: la falta de zonas oscuras en los cuatro personajes luchando verbalmente hasta la extenuación. Si  parece evidente que Wislet le gana la partida a una algo afectada Jodie Foster,  de los dos personajes masculinos (un tanto  peor parados en esta tragicómica sucesión de pequeños disparates de “clase media”) no sabemos si  es John C. Reilly o Waltz quien se gana al público con sus personajes -en  particular este último- cargados de antipatía.  “Un dios salvaje” es una de las películas más sanas de Polanski porque, aunque se ríe de sus personajes ,también se ríe con ellos cuando, inesperadamente, nos vemos reflejados en algunos de los aspectos de su personalidad o de la situación “absurda” en que se ven envueltos. Si “El escritor” estaba más cerca del Hitchcock de “Con la muerte en los talones”, aderezado  con  sabrosos apuntes políticos, aquí se aproxima estilísticamente a “La soga, si bien cambiando la seriedad y la negrura por la mirada incisiva y el humor ácido,   y el drama policiaco por una  arrolladora comedia de costumbres.






                                               Un texto de Eduardo Nabal.
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jueves, 17 de noviembre de 2011

Tú Publicas- La Cautiva (Eduardo Nabal)




LA CAPTIVE
de Chantal Akerman
La mirada secuestrada

¿Es la cámara un falo simbólico?

     Chantal Akerman, hija de  padres judíos represaliados por el nazismo, nació  en Bruselas, pero reside desde hace tiempo en París donde ha ambientado algunos de sus trabajos más interesantes. Como Téchiné esta belga de corazón errabundo y alma feminista es una de las secuelas más perturbadoras y productivas de la “nouvelle vague”, una directora que se enamoró del cine viendo a Godard, pero que ha centrado su obra en el cuerpo, la sexualidad, las relaciones de pareja y la consideración  de lo fílmico como prisión de la condición femenina. Akerman parece obsesionada por las arterias de la ciudad, por los espacios cerrados, por las paredes desnudas en las que las mujeres tratan de  dar sentido a sus vidas, de escapar a los prejuicios heredados y  a las construcciones de su cultura…Su obra comienza dentro del cine experimental y de vanguardia, pero se ha dado a conocer gracias a obras aparentemente destinadas a un publico más amplio aunque  igualmente descarnadas, irónicas y destructivas en su visión de las relaciones humanas. Historias de amor, sexo y desamor, de inclusión-reclusión femenina están presentes desde sus primeros cortos hasta sus últimos largometrajes.

     También en el mar y en el agua, con un grupo de muchachas en flor bañándose despreocupadamente,  comienza  el que resulta ser uno de los filmes franceses más extraños de los últimos tiempos: “La captive”, rodado por la directora en 1999. Y en un mar oscuro y devorador concluye esta inquietante fábula ¿moral? El voyeur es un varón de noble cuna que desde su posición activa/pasiva/agresiva  nos hace pensar en Hitchcock y también en el peeping tom de Michael Powell, intentando apresar esa forma femenina, matando lo que ama, O “El coleccionista” de William Wyler que con su alma de entomólogo y su personalidad psicótica secuestra a una joven para que se enamore de él  El síndrome de Estocolmo, La campana, el silencio, la opera, el encierro, la mirada masculina y el silencio de las mujeres viendo cine hecho por una industria masculina. Una reflexión femenina y hasta cierto punto feminista sobre el cine como aparato fílmico, que originariamente se construye para el disfrute escopofílico del varón y del varón heterosexual, inquieto por la libertad de una mujer y por su capacidad de mirar a otras mujeres. Las imágenes del comienzo, con la joven jugando en la playa junto a otras jóvenes,  están rodadas por un mirón que, a la manera del Scottie en “Vértigo” (De entre los muertos)  de Hitchcock  la  persigue con paciencia,  en coche y a pie, por las calles de París… El protagonista vigila meticulosamente el trayecto exterior de una joven a la que, como luego descubriremos, mantiene cautiva en un lujoso palacete parisino. De nuevo la mujer en la cama. Simon (Stanislas Merhar), sospecha que su idolatrada Ariane (Sylvie Testud) -una joven que, misteriosamente, se deja custodiar en esa alcoba en la que es una bella durmiente y una muerta viviente-  se siente atraída por otras mujeres. Esta mujer supone  para él un misterio y quiere tenerla controlada las veinticuatro horas del día. Una jaula de oro que también puede ser la “campana de cristal” de Sylvia Plath, la casa de la colina de las hermanas Bronte, las casas de “Sospecha” o “Encadenados”  de Hitchcock   o el palacio de lujo y falsedad  de “La prisionera” de  Marcel Proust. Nunca la ansiada “habitación propia” de  V. Woolf ni el taller de poesía de Adrienne Rich y sus monstruos con forma de mujer , la reivindicación atraviesa la búsqueda de formas de contar poco convencionales aun  a costa de alejarse del gran público y dar la espalda a los mecanismos convencionales de la narración.
Akerman ha sido una de las directoras más reivindicadas no sólo por la crítica feminista, de la que ella también forma parte como ensayista y teórica,  sino también por una franja de la crítica especializada que ha seguido su  titubeante, desigual, y  prácticamente desconocida ente nosotros, trayectoria fílmica. Nunca ha  resultado  una realizadora al uso, y su cine, sobre todo en sus primeros trabajos, se plantea como cine de combate desde un aparato, el fílmico, que viene históricamente determinado por la preeminencia del varón y su forma de concebir y limitar el mundo

       Aspectos como la reclusión femenina y su relación con los objetos, los muebles y el espacio ya habían sido tratados por la autora en algunos  de sus filmes como en la cinta   experimental “Je tu il, elle” (rodada en 1974 y destinada, sobre todo,  a las salas de arte y ensayo y posteriormente a los festivales de culto de cine lésbico experimental ) o en la más lúdica y accesible, pero no menos perversa,  Nuit et jour”, y aquí se insertan en una narración que avanza con inquietante languidez. Teóricas feministas del cine como Annette Kuhn han querido ver en algunos de los trabajos de Akerman una reinvención-deconstrucción del concepto tradicional del placer fílmico partiendo  de romper con  premisas narrativas tan básicas como la sutura o  el plano/ contraplano al insertar largos planos secuencia de mujeres en actividades y rutinas humanas y conyugales que rara vez suelen presentarse con realismo, y menos aún en tiempo real, en la gran pantalla. En esta ocasión Akerman se decanta por la ficción y el trasfondo literario (Proust, Barnes, Colette,  Wittig…) pero mantiene algunas premisas reflexivas sobre el placer-displacer del cine clásico y moderno, de ver y no ver y de la posición de las mujeres como objetos y sujetos en espacios abiertos y cerrados, en construcción o semiderruídos, domésticos y sin domesticar. Un espacio que volveremos a encontrar en su última comedia dramática sobre la desintegración de una casa y un matrimonio “Demain on déménage”, sin estrenar en carteleras españolas,.

    Junto a  la sombra de Alfred Hitchcock,  la de  Marcel Proust (“La prisonière”)  planea sobre “La captive”, un filme cadencioso y contemplativo, una obrade cámara” en que la autora reflexiona sobre la pareja, el amor, el sexo y sobre el cine mismo buscando, de nuevo, desconcertar al público. Estamos, pues, ante una obra que, al margen de sus influencias literarias y cinematográficas, entra plenamente en el universo de una autora, Chantal Akerman, que ha alternado el cine experimental,  el político, la reivindicación de la condición  de mujer -aquí convertida en muñeca, fetiche y finalmente en suicida- y la reflexión colectiva o individual sobre la identidad geopolítica  europea y sus cambios. Incluso ha hecho alguna incursión en el cine comercial (“Un romance en Nueva York”, una discreta comedia romántica protagonizada por Juliette Binoche y William Hurt).

       “La captive”, filme de ficción que  se desarrolla con elegante y deliberada  parsimonia ante el espectador, con un ritmo contemplativo y  con claros  referentes literarios y resonancias de clásicos del cine, no escapa a esta rareza que  casi nunca busca la complacencia del público, sino más bien su máxima incomodidad. Una de las secuencias más irónicas y a la vez estremecedoras de un filme de sabor decimonónico, aunque ambientado en la actualidad, es aquella en la que Simon  interroga a una pareja de lesbianas intentando entender qué es lo que encuentran en una mujer que no exista en un hombre. Y una de las más hermosas es aquella en la que Ariane, que permanece casi todo el día en la cama, sale al balcón para dar la réplica vocal a una vecina que se arranca a cantar un aria de ópera, ante la mirada perpleja de Simon en la calle. Su cautiva tiene vida propia. La musicalidad de las voces femeninas es una constante en el cine irónico y trasgresor de esta mujer belga fascinada por las calles de París y los secretos que esconden sus casas, sus parejas, sus palacetes, sus barrios.

      Akerman no resuelve el misterio y todo el filme tiene ecos del Hitchcock romántico, con esa banda sonora que alterna la música clásica y la imitación de los acordes evanescentes de Bernard Hermman, o la atmósfera  de las novelas francesas de amour fou, no eludiendo la cursilería, aunque siempre con el toque de una mirada corrosiva que,  sabiéndose de algún modo domesticada por los sistemas de representación imperantes,  se resiste a permanecer en silencio








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miércoles, 2 de noviembre de 2011

Tú publicas- Eva (Eduardo Nabal)



     “Eva” es la opera prima de Kike Maíllo,  un director español que aparentemente ha hecho su película de espaldas al gran público, a Tintín y al cine español del momento. Estamos ante un cuento de ciencia ficción “adulto” protagonizado por una niña y por Alex, un científico desarraigado que vuelve a su lugar de origen en busca de respuestas, recuerdos  y amores perdidos. Alex está encarnado   por un magnifico Daniel Bruhl en un papel muy lucido que deja en segundo plano a Marta Etura y  a Alberto Amman e incluso a un delicioso Lluís Homar en un papel secundario insospechado. Solo el encanto y la fuerza expresiva (algo exagerada) de Claudia Vega - “la niña protagonista” que da título al filme -  le roban a Bruhl alguna secuencia. 

     “Eva” es, como “La piel que habito” de Almovodovar, una variación del cuento de Frankenstein pero aquí en clave tierna, cálida  y algo “naif” con una mezcla de austeridad y efectos visuales, robots y seres humanos, candidez, ternura y pesimismo.

     Presenta los mismos paisajes helados y  la atmosfera triste   de “Déjame entrar” y  la misma confusión en el comportamiento infantil-adulto y el mismo tono a la vez onírico, algo pretencioso y afectado pero intimista y sensible, atento a la inteligencia del espectador.

     “Eva” es una película con trampa y trampas, pero el refinado estilo visual, la dirección artística  y el esfuerzo del elenco lo salvan de la mediocridad y lo sitúan en aquellos filmes que nos devuelven la fe en un género tan maltratado como el cine fantástico y en la creatividad de los nuevos realizadores.

     Entre los guionistas  aparecen nombres como el del dramaturgo Sergi Belbel (habitual colaborador de Ventura Pons) que añaden algo de acidez y sabiduría a los diálogos de un filme, tal vez, demasiado dominado por lo audiovisual.

     La inteligencia de los diálogos y el respeto con el que trata al espectador, a pesar de los efectos visuales y los robots que aparecen, hacen de “Eva” una disfrutable rareza que colma las expectativas visuales y narrativas de un espectador cada vez menos acostumbrado a los filmes donde el entrenamiento y la hondura no se dan, en absoluto, la espalda. 





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viernes, 14 de octubre de 2011

Tú publicas- La piel que habito (Eduardo Nabal)



Director: Pedro Almodóvar
Guión: Pedro y Agustín Almodóvar
Interpretes: Antonio Banderas, Elena Anaya, Marisa Paredes, Jean Cornet.

(Incluye spoilers)
            Precedida de cierta polémica, desconcierto y división de opiniones, “La piel que habito acaba resulta finalmente la mejor película de Pedro Almodóvar desde “La mala educación”. Un relato gótico lleno de guiños cinéfilos (de Georges Franju al doctor Frankenstein, pasando por el Hitchcock más romántico) que, sin embrago, el controvertido realizador ha conseguido hacer suyo alcanzando una abstracción y un refinamiento estético difíciles de superar aunque manteniendo sus constantes: la codicia, la posesión, los celos, el odio, la traición, el rencor y el sexo. Es una adaptación libérrima de la novela de Thierry JonquetTarántula”, en la que el director de “Todo sobre mi madre “vuelve a enredarnos en un argumento  imposible y  difícil  de tomar en serio todo el tiempo, pero urdido con astucia y que en más de un momento logra llegar a las tripas del espectador gracias a la fuerza que desprende el duelo interpretativo entre un hierático, entonado y terrorífico Antonio Banderas, como un cirujano enloquecido, y una estupenda Elena Anaya, la victima que esconde en ese ominoso caserón gallego lleno de secretos del pasado. Hay mucho humor o más bien mucha ironía en los entresijos de “La piel que habito” y es probable que su mezcla de goticismo, experimento visual y postmodernidad, sus coqueteos con el melodrama familiar y el cine de horror científico provoquen el rechazo de más de un paladar, pero nuevamente el director subyuga a través de sus formas audiovisuales, su banda sonora, su falta de vértigo y su manera de lograr personajes intensos, y hacer creíble y cercano lo más inverosímil, arremetiendo de paso contra la «clase médica», su altivez y sus miserias como no lo hacía desde “Hable con ella”. Y tal vez resulte ser  este  filme  el más próximo en sus escenarios al mundo febril, deshumanizado, claustrofóbico y surrealista  donde luchan sin tregua los y las  protagonistas de “La piel que habito”.
            Un trabajo libre que puede verse como una comedia negrísima o como un melodrama romántico con ecos de los clásicos del cine fantástico como fantástica es la división entre lo masculino y lo femenino. Aunque en algunos pasajes Elena Anaya parezca superada por muchas  las aristas de su personaje, la película está llena de instantes cautivadores donde lo visual y lo narrativo se pelean y se entremezclan  para goce de los que admiramos la caligrafía a la vez refinada y tosca de un director que aquí homenajea a los maestros del suspense psicológico al tiempo que vuelve a cuestionar algunas verdades aceptadas sobre las formas de dominación, sometimiento y  maneras amar, odiar y sentir de los seres humanos. En el filme hay momentos en los que los personajes se ríen de su situación y otros en los que la tragedia, casi goyesca, inunda la pantalla igual que las referencias a clásicos  del cine fantástico, a la escultura de Louise Bourgeois o al propio Almodóvar de “Átame” donde   ya había logrado otra interpretación colosal de  Banderas,  inquietante maestro  aquí de una ceremonia descabellada y donde la venganza, el “amour fou”,  la  transexualidad, la vampirización del “otro” , los miedos ancestrales a la locura, la pérdida, el dolor   y la muerte y las fronteras entre la masculinidad y la feminidad se con funden de forma si no genial al menos asombrosa.“La piel que habito” es la historia de un secuestro, pero también la historia de un cuerpo, de mentes enfermas y seres que mutan, de  criaturas al límite que se odian o que fingen amarse para poder escapar. La imagen de Elena Anaya contemplada por Antonio Banderas en una gigantesca pantalla nos recuerda a la de José Luis Gómez espiando a Penélope Cruz en una pantalla en  “Los abrazos rotos”, al igual que ese hospital  lleno de intrigas donde se debaten entre la vida y la muerte una pálida joven bailarina (Leonor Watling) y una morena e inconstante torera de éxito (Rosario Flores) en “Hable con ella”
La delicadeza y amor por la ropa que transmite el personaje de Jean Cornet contrasta con el aspecto de madraza antigua, ama de llaves de “Rebeca” y estirada sirvienta de Marisa Paredes e incluso con la energía viril  de Elena Anaya. El personaje se vuelve más activo y luchador cuando se convierte en mujer. Robert (Banderas)  es un médico que, al igual que el doctor Frankenstein, ha creado una criatura que   escapa a su control  cuando cree vengar la violación de su hija Normita a quien  él mismo y una desastrosa historia-trayectoria  familiar han convertido en una chica con “fobia social” y con tendencia a esconderse en el armario de una clínica mental para huir de la ominosa presencia paterna. Esa fobia social que trata de inculcar a una chica fuerte (que fue un chico “poco común”) que tiene las facciones de su mujer, pero que no cumple una promesa de fidelidad hecha por un estamento y un hombre que, a pesar de su resistencia ancestral, ya no son tomados en serio por todo el mundo y, en cierto sentido,  al igual que otras instituciones, empiezan a pertenecer al pasado

                                               Un texto de Eduardo Nabal.
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martes, 11 de octubre de 2011

Tú publicas- La repetition (Eduardo Nabal)




Durmiendo con su enemiga

      “Tu mejor amiga puede ser tu peor enemiga” rezan las caratulas de los escasos ejemplares en DVD que se han tirado de “La répétition” que no se han molestado en traducir, y mejor, porque podía la traducción podía haber sido tan aguda como el subtítulo de lo que estoy escribiendo o como la agudeza de aquellos que nunca estrenaron “The Bubble” entre nosotros pero la llamaron para los pre-estrenos “Solos contra el mundo”, o sea ninguna.

     “La répétition” es la historia de dos amigas de la adolescencia (doce años) que se conocen en un momento de sus vidas diferentes pero que vuelven a unirse en una relación que se presenta como autodestructiva pero que, en realidad, no lo es tanto. Corsini, en su producción franco-canadiense,  las presenta cantando una canción de la época y viajando felices en bicicleta para subrayar el tono sombrío  y la desconfianza (tal vez algo forzada) que van a demostrarse después.  Una historia de amistad íntima con lejanos ecos la mítica  “Julia” de Fred Zinneman (sobre la vida de la dramaturga estadounidense Lillian Hellman)  pero sin camuflar nunca el componente erótico lésbico y los aspectos más espinosos de su tensa relación amorosa y con un aroma plenamente francés y una ambientación contemporánea . París, la gran ciudad de muchos directores  y sus rincones brillantes o sórdidos,  vuelve a ser un personaje enigmático de la película (como en algunos filmes de Téchiné u Ozon) pero en esta ocasión a pesar de la bella fotografía de Agnes Godard (colaboradora habitual de Corsini) la frialdad vuelve a impregnar este viaje circular hacia el reencuentro por unas calles y unos bares observados a la vez desde cerca y desde lejos, al igual que las dos mujeres que se buscan y se rehúyen en el espacio y en el tiempo, en la memoria (Resnais) y en las arterias de espacios que no han podido ser domesticados (como ese caserón donde se refugia que parece salido de una vieja película de terror de serie B más que de una película lésbica con tintes sadomasoquistas.

     “La répétition” es seguramente la película más conseguida de Corsini aunque no entremos del todo en su juego debido a la  extraña ¿buscada? frialdad que transmiten, a ratos, las dos  actrices protagonistas  y algunos elementos de la puesta en imágenes. Aunque la relación acaba adquiriendo ciertas connotaciones sadomasoquistas y elementos autodestructivos. Ellas se juntan y se separan, podemos decir que hay cierto antagonismo entre sus diferentes maneras de vivir, recordar, olvidar, actuar para el teatro y para esa vida llena de encuentros y desencuentros. Pero no podemos decir como reza la publicidad que sean sus “peores enemigas.”

     “La répétition” está protagonizada por la actriz fetiche de algunos de los más personales trabajos de Techiné (Los testigos) y Ozon (Ocho mujeres), también musa de Chabrol de familia dedicada al mundo del espectáculo y por la pálida pero siempre intensa Pascal Busieres que se dio a conocer como la profesora de teología recién casada que descubre el verdadero amor en los brazos de una trapecista de circo negra y desinhibida en “Cuando cae la noche” ya un clásico del cine lésbico de principios de los noventa. Pero el filme de Corsini no pone en primer término, al menos no todo el tiempo, la reivindicación de la visibilidad lésbica sino la historia de dos mujeres bien diferentes al que el destino a separado y que se reencuentran en situaciones vitales complejas, una mujer que podríamos llamar bisexual y una lesbiana atraída que no puede controlar las situaciones de amor-odio en las que se ven envueltas. No sabemos si la francesa Corsini conoce el trabajo de la canadiense Rozema o las películas sobre el mundo del teatro más sombrías de Techiné o Chereau pero en las secuencias en las que las dos amigas fingen y se incorporan de diferentes modos a los papeles principales en la famosa y decadentista “Lulú” de Weekendin- sobre el mito de la mujer fatal-  encontramos ecos del cine francés intimista y atravesado por corrientes de dolor intimo que salen a flote como en algunos filmes de Oliver Assayas, Chantal Akerman o los últimos coletazos de la nouvelle vague (Resnais, el propio Techiné, algunos trabajos de Agnes Varda, Valeria Bruni-Tedeschi (Actrices)  o, en menor medida,  Mattieu Almaric . La mirada irónica sobre situaciones graves o de clara incomunicación , la erotización de la amistad íntima y el contraste entre el ansia de libertad y las servidumbres de vidas familiares  y laborales que no satisfacen del todo a unas protagonistas que no pueden vivir “la una sin la otra pero tampoco “la otra con la una”.

      Corsini usa muy bien la música, el retrato de las vidas de las gentes del teatro (aunque sin la agudeza y la simpatía de Marta Balletbó Coll) y sobre todo trata de explicar las motivaciones por las que estas dos amigas de la infancia no pueden llegar a comprenderse a través de casi ningún código. Encontramos ecos suavizados y más coloristas de “Rendez-vous” de Téchiné y del cine francés reciente realizado por mujeres. El problema puede ser, para algunas, la ambigüedad del discurso de Corsini que en ocasiones puede parecer algo afectado, alambicado y hasta “demodé” aunque nunca tan “demodé” como la existencia de la protagonista de su último filme “Partir” cuyo periplo extraconyugal nos parece hoy más cercano a “El amante de Lady Chatterley” que a la realidad de la burguesía rural/urbana  francesa de hoy.

     Corsini opta finalmente por el misterio, la desazón y la abstracción alejándose de algunos apuntes realistas y sociales que caracterizan a los epígonos de la nouvelle vague. Podría decirse que estamos más cerca del universo poético pero algo enfermizo “Eloise” de Jesus Garay, “Riparo” de Maria de Medeiros  o “Una habitación en Roma” de Julio Medem pero tamizados por una capa de frialdad, desapego y dureza que apenas encontramos en estas.

      Hay poco del universo de Marta Balletbó Coll en esta relación donde los personajes nunca se aman del todo, no se entregan más que a medias a sus personajes al igual que la directora no parece amar demasiado a estas dos mujeres en apuros sentimentales, laborales y familiares que ven el cielo y, sobre todo, “el infierno” en la personalidad subyugante de “la otra”.

                                               Un texto de Eduardo Nabal.
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